Nuestra educación hipermoderna está enquistada en sus propios errores. Estos errores los comparte, como no podía ser de otra manera, con los mismos vicios endémicos que azotan nuestra sociedad hiperrealista. No obstante, el sistema educativo tiene los mecanismos y recursos materiales, pedagógicos y humanos para hacer frente a la liquidez que azota a nuestra era, mas éstos se han ido inutilizando y mecanizando de tal manera, que han acabado por perder el sentido y la fe. La educación hipermoderna ignora los pequeños grandes pasos que están dando viejas y nuevas disciplinas científicas que paulatinamente, están aprendiendo a integrar y compartir entre ellas, los nuevos descubrimientos, significados y relatos científicos. En lugar de eso, traslada pedazos de información que acaban por departamentar y fragmentar el conocimiento del ser humano. Esto provoca que caigamos en nuevos equívocos, cada vez más desconectados de una realidad que exige con urgencia ser comprendida. Ahora, aceptamos sin reparos y con total desidia que un determinado alumno únicamente tiene problemas emocionales, o que otro sólo tiene retraso cognitivo, o desajuste madurativo, o que le falla una determinada inteligencia. A partir de ahí, todo son acciones a toda prisa para reeducar nuestro propio desconocimiento. Deben ser acciones rápidas, instantáneas, y sobretodo, con resultados palpables e inequívocos. Es una exigencia del guión socio-histórico que compartimos. El tiempo apremia, ahoga, impera. Necesitamos resultados que corroboren que estamos ahí, aunque nuestra presencia cada vez más, contamine nuestras intenciones. Finalmente, el tiempo acaba por consumirse, y los objetivos acaban caducando, a la espera de un nuevo curso escolar sin tiempo para la improvisación. ¿Qué escapa a la programación? Aquellas pocas cosas que en realidad, son las más importantes. Escapan los valores, escapan las relaciones personales, las voces de los alumnos, los retos individuales y colectivos, la observación del momento y su historia, y sobretodo, el significado de lo que se construye en el aula. Por el contrario, se premia una memoria vacía de sentido, pero útil para el instante del examen que evalúa, desvirtúa y miente. Una memoria a corto plazo que se perderá por la debilidad enzimática de sus propias redes. Asimismo, una memoria que continuamente reconectará frágiles redes con los mismos contenidos; todo acaba siendo repetitivo, tedioso, rememorizado; año tras año, repetición tras repetición, encapsulamiento tras encapsulamiento. No hay tiempo que perder, debemos mirar hacia delante y en el caso de aquellos alumnos que no alcanzan a memorizar el viejo contenido, simplemente se opta por un retorno irreversible, lineal, pérfido.
Sin darnos cuenta, potenciamos la dificultad para que otros la tachen de retraso. Así, el retraso se transparenta y nutre a sí mismo, autocatalizado por los mismos procesos y productos que catapultarán al alumno a su fracaso. Pero nadie fracasa sólo. En el caso que nos ocupa, el fracaso arrastra al alumno, al docente, a la escuela, a la familia y a las políticas educativas. Afortunadamente, estamos a tiempo de demostrar que podemos atajar camino, reparar inconsistencias, remendar errores. Quizás debemos chocar de frente contra los vicios que sustentan nuestra modernidad, acertando en nuestro análisis y gestionando el tiempo y los recursos que están a nuestro alcance para dedicarlos a las individualidades, pero no para condenarlas en el aquí y el ahora, sino para comprender cómo debemos desarrollarlas dentro de un colectivo, en perfecta simbiosis cooperativa con el otro. Para ello, es urgente conocer en qué consiste nuestra tarea y cómo se desarrolla el ser humano. Sólo escuchando la dificultad podemos tomarnos el tiempo necesario para formar parte de la evolución del alumno. Organizando y optimizando los recursos, diversificando nuestras estrategias, comprendiendo el acto y la expresión, exteriorizando nuevas emergencias, potenciando plásticas estructuras cada vez más complejas e interconectadas, y agarrándonos de la mano de lo aleatorio y lo imprevisto; reutilizándolos para ofrecer nuevos estímulos ambientales repletos de significado e intención que el dicente deberá analizar, sintetizar, asociar, trasladar, usar y comprender. La educación adquirirá una nueva dimensión, más allá del tiempo y de la huella fútil. Dejará de ser una moda pasajera, fragmentada y transparente, para devenir una práctica reflexiva que comprende todas las dimensiones humanas del momento: las que conforman el presente, y las que construyen el futuro.
sábado, junio 07, 2008
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