domingo, enero 07, 2007

LA HABITACIÓN DE CARLITOS

El sol ilumina la habitación de Carlitos. Una suave brisa acaricia su rostro mientras Sonia, su madre, abre la ventana con energía, transmitiendo en este gesto la esperanza de un nuevo día. Carlitos se imagina que no será un día cualquiera, intuye que en su corta existencia jamás había dado un paso tan importante como el que iba a dar hoy. Encuentra sosiego en la voz de su madre, la misma que en todo momento ha estado a su lado, la misma que ha exornado la difícil adaptación de Carlitos a un mundo donde la vista nos ha servido para conocer lo que nos rodea. Carlitos nació invidente. Sabemos que hay dos clases de ceguera: la ceguera visual, en la que la oscuridad absorbe los tonos y matices de los colores, haciendo inútil el esfuerzo de la luz; y la ceguera del corazón, donde se confunden los sentimientos con la ignorancia de la razón.

Sonia agarra con firmeza la mano de Carlitos, él se deja guiar por los ojos de su madre. Mientras, recorren la calle bañada en piedra que conecta con el colegio, ese recinto en el que se construyen los conocimientos y se moldea la realidad; donde nos remojamos de cultura mientras se socializa nuestra soledad. Desgraciadamente, hemos ido destruyendo infinidad de situaciones familiares idóneas para conversar y escuchar tranquilamente debido a la esclavización del deber que nos impone el ritmo del dinero.


La mente de Sonia devanaba con miedos y dudas si la inclusión de su hijo iba a ser el camino correcto para una mejor adaptación a un entorno que el propio hombre había complicado a lo largo de los años. A ella tampoco se le escapaban las múltiples dificultades que los humanos hemos puesto en el sendero hacia la felicidad, felicidad que anhelamos y escondemos bajo la fina tela de la confusión. Por otro lado, Carlitos se demoraba en pensamientos plenos de ilusiones que configuraban su porvenir; soñaba con conocer cosas y hechos apasionantes, que le describieran la realidad y al mismo tiempo construirla a su manera. No es de extrañar que estas inquietudes sean una forma de vivir, ya que es obvio que nacemos dispuestos a aprender y morimos, en el mejor de los casos, llenos de sabiduría.

El primer paso fue presentarse a los demás compañeros, donde incluimos a los profesores, aunque a alguien le parezca extraño esta categorización, consideramos que en cualquier comunidad escolar todos son iguales, todos aprenden y enseñan, todos se combinan roles para no caer en el error de ser absorbidos por estos, que aparte de predeterminar las interacciones también estigmatizan nuestras actuaciones.
En esta historia que poco a poco se va transformando en una realidad para quien la lee, nuestro protagonista tiene un papel clave en la vida de la comunidad descrita, ya que modificaría la visión de los alumnos y profesores y se convertiría en una fuente de sabiduría para todos, incluido para él mismo.

Los niños observaban con atención a Carlitos, intentando ponerse en su lugar, esto les creaba angustia ya que no se podían imaginar una vida sin saber donde pisas, lo que no intuyen es que este tipo de vida se puede poseer con una vista de lince. Sorprendió a todos, sobretodo cuando empezó a escribir con una máquina Perkins metalizada, tenía siete teclas que nuestro protagonista dominaba con descaro. La manera de leer también puso de manifiesto la increíble sensibilidad de Carlitos, que hacía un año que había automatizado una habilidad que para algunos resultaba laudable. Le otorgaron un compañero que le hacia también de tutor y le echaba una mano en mates y en lengua. Su nombre era Samid, era un muchacho tímido, con una mente despierta. En un primer momento no sabía como tratar a Carlitos, pero este le extendió un puente bordado de afectividad que se materializó en risas y confidencias. Puede resultar poco factible que esto ocurra tan espontáneamente, pero cuando existe interés y buenas intenciones, dos personas divergentes resultan idénticas. Y aquí queda demostrado.

Durante el recreo se le acercaron muchos niños para conocerlo, saciando de esta manera la curiosidad a base de preguntas. Una de las metas que se propuso Carlitos era llegar a caminar solo por el recinto, poder moverse con libertad, algo que para algunos resulta insignificante, en cambio para Carlitos era todo un logro, y es que a las metas que cada uno se fija no se las puede restar importancia, por insignificantes que parezcan, son las que dan sentido a nuestra existencia. Y lo que anhelaba Carlitos era pasar desapercibido, tener autonomía para caminar por la escuela como un alumno cualquiera, dueño de su individualidad y al mismo tiempo uno más del colectivo, sin que nadie se cruzara con él y lo señalara o prejuzgara. Lo que no imagina Carlitos, quizás por la falta de experiencia, es que los prejuicios están muy interiorizados en nuestra forma de funcionar, se resisten a abandonar nuestras creencias y contaminan la propia existencia. Hay que ser realistas, son las percepciones las que nos engañan, por esta razón Carlitos no caerá en la indocta tentación de prejuzgar a nadie, sino que su manera de conocer a las personas requiere escuchar, precisamente de lo que carece aquél que prejuzga.

Carlitos recibió apoyo por parte de especialistas y profesores, pero sin duda quien más interaccionó con él fue Samid, considerado tristemente por algunos diferente a los demás por el color de su piel. Es curioso como un factor biológico del que no podemos escapar nos marca y nos zancadillea. Por muy injusto que parezca, las adversidades las sufrimos todos, ya que en la diversidad reside el reto individual. Samid comprende las dificultades de Carlitos, cuando llego al colegio cuatro años atrás, desconocía la lengua. Su empeño por comunicarse con los niños y profesores le empujó a una progresión increíble. Absorbía las palabras ávidamente; utilizaba estrategias varias para acordarse de algunas que le resultaban olvidadizas y sobretodo para construir frases con sentido, que en definitiva es lo que el espíritu nos reclama para sentirse más humano. Pero tristemente no todo fue así de simple, se dieron algunas situaciones incómodas, donde se percibían miradas cerradas con candado, en las que la luz se ahoga en un mar de miedos a lo desconocido, o simplemente a lo ajeno. Afortunadamente, muchos cerrojos los partió un pequeño gesto de las partes involucradas en el asunto, como sucedió en el momento de conocer a Carlitos, o como sucedió con los profesores más empáticos de la escuela. También se dieron situaciones embarazosas, sobretodo con alumnos mayores, los pobres confundieron lo importante con lo insignificante, se reían de él porque les traicionó la inmadurez, pensaban que a Samid no le importaría aguantar las bromas pesadas; que no le retumbaría en la mente palabras como negrito. Es curioso el poder de las palabras, arrastran sentimientos y al mismo tiempo los provocan. Pero nos quedamos con el ahínco de Samid por crearse una coraza para situaciones de este tipo, aunque también le provocara una especie de desconfianza inconsciente, algo de lo que no tiene culpa ni pecado.

Desde el momento que nuestros personajes se conocieron, compartieron un mismo universo. Las estrellas estaban a su alcance, crecieron para expandirse por el espacio y retornar al punto de partida como filosofaría Lao Tse. Utilizaron la libertad para ser caminantes y hacerse el camino al andar como recitaría el poeta. En definitiva, jamás dejaron de buscar la felicidad, no se sentaron a esperar la fortuna, sino que optaron por crearse su propio destino.

Con el paso del tiempo, los miraron con otros ojos, con los ojos del espíritu, aquellos que no criban entre negro o blanco; su mirada nos desnuda, traspasando tejidos para entrever el ser que vamos vistiendo. En este primer día no se desmedraron las ilusiones de Carlitos por ser aceptado y tener multitud de oportunidades para aprender como los demás niños. Los días posteriores no fueron sencillos y requerían un gran esfuerzo por parte de Carlitos para superar dificultades y optimizar aptitudes, pero siempre tuvo el aliento suficiente para redimir las ansias de libertad.


Con este breve relato que empezó como un día especial para Carlitos y continuó con una gran amistad, resaltamos la importancia que tuvo para esta pequeña comunidad la llegada de nuestro personaje. Con él todos aprendieron a respetar a partir del conocimiento del otro. Las diferencias enriquecieron a todos, Carlitos curó la ignorancia de muchos y aprehendió infinidad de nuevos conocimientos para construir su propia realidad; también consiguió desplazarse autónomamente por la escuela como uno más, precisamente lo que todos somos.
Sonia siempre estaba al lado de Carlitos, estaba orgullosa de él y nunca dejó de creer en el empeño por vivir que le había contagiado con los años. Tenía claro que Carlitos lograría conquistar un tesoro llamado autonomía que le permitiese saborear la vida, no olvidemos que la vida es un continúo aprendizaje que nos culpe el espíritu mientras volatiza nuestra prematura ignorancia. Y todos debemos intentar aprender de ella mientras alcanzamos las metas que nos proponemos.


El sol continuó iluminando la habitación de Carlitos y una suave brisa entró por las rendijas de la incipiente esperanza. La luz crepuscular tiñó el cielo de fuerza y esperanza.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Es mejor tener un déficit con mayúsculas para causar sensación y provocar el los demás sentimientos.
Sentimientos dicho en general, sentimientos de làstima, de curiosidad...hasta morbosos y con un poco de suerte sentimientos honestos, de buenos maestros y maestras que creen en la inclusión.
Peor lo tienen aquellos con "pequeños" handicaps (inmigrantes, dislécticos, bordeline...),a estos , por lo general, no se les asigna un compañero tutor y en las sesiones de evalución se les tiende a definir como "necesita mejorar"