domingo, diciembre 17, 2006

LA CARTA EVALUATIVA

El tema que trataremos en este artículo es más complejo de lo que se puede intuir en un primer momento. Personalmente, pienso que lo que me dispongo a exponer ya ha sido harto explorado y analizado, y no seré yo el que pretenda dilucidar cuál es la mejor definición de “evaluación”, o si se está llevando a cabo de forma correcta. Simplemente, mi esfuerzo está dirigido a formular mis dudas sobre si evaluamos todas las variables que forman parte del proceso educativo, o si el resultado de la evaluación podría ser más completo y tener en cuenta factores que normalmente, los presuponemos o se nos pasan por alto.


Evaluamos objetivos que se pueden medir; éstos hacen referencia a contenidos procedimentales, aptitudinales y conceptuales. Los objetivos deben ser evaluables para el docente y bien definidos para que nuestro dicente sea consciente de ellos y a la vez, reconozca hasta donde ha llegado en su proceso educativo y madurativo. Hasta aquí, todos podemos estar en mayor o en menor medida de acuerdo, y compartir así un mismo horizonte en el que dirigir nuestros esfuerzos. Pero, la madurez en una persona implica no sólo saber hacer una cosa, y asimismo, la cognición implica “siempre” de manera leve o fuerte, un proceso previo de evaluación cognitiva de un estímulo emocionalmente competente para el individuo, y esto provoca una determinada emoción (fuerte o leve) y/o un sentimiento (consciente) que nos permite cartografiar un determinado objeto de conocimiento, y asociarlo a una determinada categoría mental. Por lo tanto, el proceso cognitivo es inextricable al proceso emocional. Emoción y cognición trabajan conjuntamente; gracias a los sistemas de entrada (órganos sensoriales) podemos evaluar cognitivamente un determinado objeto (material o abstracto) y mediante asociaciones e hipótesis que parten de nuestras experiencia previas (es necesaria la memoria autobiográfica y la consciencia), y de las expectativas que tengamos hacia la tarea que estamos realizando, construimos, aprehendemos o deconstruimos el nuevo objeto de conocimiento, asimilándolo e integrándolo en nuestra memoria.


El proceso que hemos trazado se puede asociar a un nuevo hito logrado por el individuo que aprende o conoce a partir de la experiencia. Pero, ¿esto significa que está madurando? ¿Es aprendizaje, en todos los casos posibles, maduración? Por supuesto que el aprendizaje arrastra o mejor dicho, va por delante de la maduración del sujeto, y que la zona de desarrollo próximo (Vigotsky) se debe tener en cuenta en todos los contextos educativos; pero si nos ceñimos exclusivamente a la maduración “intelectual”, obviamos que la construcción del “yo” de nuestro alumno no será completa, por lo tanto, la maduración no habrá tenido en cuenta los sentimientos y emociones que deben incitar a la persona a adquirir una consciencia de él mismo en la que sus actos traspasen el umbral de su propia subjetividad y se extiendan a la subjetividad del “otro”. Si nos fundamentamos en un procedimiento o un concepto, no estamos educando. Si únicamente nos interesa evaluar el plano cognitivo, desnaturalizamos el verdadero proceso de aprendizaje, en el cual se deben intercomunicar emociones y sentimientos presentes y pasados para que emerja de nuestra mente una nueva estructura más completa y armoniosa para adaptarnos mejor al contexto educativo. Aprender debe estar relacionado con el placer, y el placer no es más que una emoción que nos debe mover para lograr objetivos que nos hagan madurar y evolucionar a partir de la experiencia. Si el placer se vuelve dolor debido al fracaso en alguno de los dos planos, el aprendizaje se puede tornar un sacrificio que lo único que hace es mermar nuestro equilibrio orgánico. Por otro lado, si este placer está enfocado exclusivamente a construir sentimientos del propio yo, dejando a un lado los sentimientos sociales y el “ser consciente de lo que aportamos al otro y a nuestro entorno, igualmente estamos mutilando al verdadero proceso educativo, ya que educar significa aprender a ser ciudadano, y esto se logra si sabemos si la interacción proactiva con nuestro entorno social no nos provoca indiferencia o dolor.


Las conclusiones que podemos extraer son que:
· El proceso cognitivo es "per se", inextricable del proceso emotivo.
· Si únicamente valoramos los resultados de la cognición, descuidamos variables igual de importantes que las capacidades cognitivas.
· Cuando hablamos de conocimientos previos, debemos ligarlos a sentimientos y creencias con una base emotiva.


¿Son suficientes los ítems que valoran las actitudes de nuestros alumnos? Y quizás, lo que es más importante, ¿comunicamos a nuestros alumnos todo lo que hace referencia a su evolución real, les ayudamos a ser conscientes de ello? Personalmente, considero que actualmente, con las evaluaciones que hacemos no acabamos de concienciar a nuestros alumnos de su situación madurativa real. En algunas ocasiones, empleamos la palabra para transmitirles nuestras apreciaciones personales sobre su situación, pero muchas veces y dependiendo de la imagen que se han formado de nosotros, puede ser que la pasen por alto, o simplemente, que se les olvide o no lo apliquen a situaciones futuras. Quizás, las palabras habladas no dejan la misma “huella” que las palabras escritas, ya que éstas últimas, pueden despertar las mismas emociones que en el pasado. En cambio, nuestra memoria y nuestra atención limitada, suelen pasar por alto lo que realmente deseamos transmitir al alumno. Por lo tanto, la palabra escrita tiene la capacidad de asegurarnos la prolongación en el tiempo de nuestro mensaje, y se puede rememorar las veces que se quiera, y despertar así, la detección de una necesidad o simplemente, la necesidad consciente en el alumno de mejorar en alguno de los aspectos de su vida. Esto siempre, desde el respeto y el afecto, no desde la represalia o el castigo, ya que una evaluación a este nivel no debe ser percibida como algo negativo o que provoque crisis, sino todo lo contrario, algo que nos ayude a evolucionar hallando el equilibrio y la armonía, y por supuesto, dirigir nuestra conducta futura a encontrar el placer en el aprendizaje.






LA CARTA EVALUATIVA en acción

La experiencia que resumiré a partir de ahora, fue la causa primera que hizo que me parase a reflexionar sobre la manera de comunicar lo que consideraba una situación crítica. Una situación crítica en la que estaban inmersos los alumnos del centro educativo de menores en el que trabajé durante tres años de mi vida; y por qué no decirlo, del cual aprendí cómo son, en algunos casos, los resultados de las miserias de nuestro sistema educativo y social.

En estos tres años me di cuenta que el dolor no selecciona a las personas dependiendo de su nivel económico o cultural. Existen causas y variables que se repiten continuamente, como pude ser el hecho de tener una familia desestructurada; vivir en un entorno conflictivo y lleno de necesidades económicas, educativas o afectivas que no se han sabido cubrir; maltratos infantiles, y un sinfín de calamidades que el destino les ha puesto en el camino, y en las que nadie les enseñó estrategias para superarlas. Pero no siempre se dan las mismas circunstancias, algunos han llegado a delinquir teniendo no obstante, seguridad en sí mismo y un nivel cognitivo más que aceptable y en cambio, el resultado ha sido muy parecido: abandono escolar, robos, drogas y peleas.

“Álex”(el nombre que le pondremos al protagonista de nuestra historia) era un chico a quien la desgraciada muerte de su padre (dos años antes) hizo desestabilizar lo que hasta entonces era su mundo más que ideal. La madre tuvo muchas dificultades para sacar la situación adelante, pero podríamos decir que no existían dificultades económicas. Sus notas desde siempre habían sido excelentes, y tenía las habilidades y capacidades necesarias para asimilar nueva información y trasladarla a situaciones futuras, independientemente del contexto. Su coeficiente intelectual estaba por encima de la media y sobresalía en relación al resto de compañeros del centro. Pero no todo era estabilidad cognitiva, sino que coincidía en una variable importantísima con el resto de sus iguales: la dificultad para reflexionar sobre sus propias acciones o pensamientos. Esta afirmación no fue resultado, únicamente, de la observación o las diversas conversaciones que tuvimos, sino que estuvo reforzada por los resultados del test Honey- Alonso, que valora los Estilos de Aprendizaje.

La relación de Àlex con sus iguales era bastante “normal”, tenía las habilidades sociales necesarias para adaptarse a sus “interlocutores”, ya fuesen compañeros, maestros o educadores. Pero su comportamiento distaba mucho de lo que se puede esperar de una persona de 18 años. Era consciente de lo que estaba bien y mal, pero nunca calculaba los resultados de sus acciones. Según él, la culpa de su desgracia la tenía la muerte de su progenitor, y aunque como todos, sentía dolor cuando vivía una situación de conflicto, no podía controlar el verse inmerso en ellas; le faltaba el respeto a adultos o compañeros e incluso, actuaba con despotismo y extremado egoísmo, por ejemplo tratando de “idiotas” a los iguales. Le faltaban límites y aunque “reflexionase”, días más tarde, caía de nuevo en los mismos errores. Las conversaciones habían sido innumerables, tanto por parte del equipo docente como del equipo directivo, pero el resultado era siempre el mismo: reincidir en su conducta transgresora e irrespetuosa con los demás. Mas los resultados curriculares, habían sido excelentes, ya que tenía un sinfín de estrategias cognitivas para asociar conceptos, ideas, formular hipótesis,… pero sus creencias conscientes e inconscientes seguían inamovibles: prejuicios sexistas, clasistas y racistas.

Hay muchas más variables que podríamos analizar y que seguramente tienen mucha influencia en el comportamiento de Àlex, pero mi objetivo es describir al lector cuál fue la herramienta que me permitió concienciar a nuestro protagonista de su situación real y definirle un plan de acción para superar las dificultades que le impedían madurar a un nivel ético y emocional. La estrategia fue escribirle una carta que le entrara emocionalmente, e intentar describirle también, las emociones y sentimientos que producían sus acciones, tanto a mí como a sus compañeros de aula. En un primer momento resalté sus capacidades intelectuales de forma positiva; también resalté el hecho negativo de la muerte de su padre, siendo condescendiente y afectuoso en el momento de tratar un tema tan desequilibrante para cualquier persona en su situación. No obstante, fui bastante claro y directo en el momento de criticar su conducta. Al mismo tiempo, le definí mis expectativas en relación a sus capacidades y le tracé un plan de acción con objetivos evaluables y revisables cada semana. El resultado fue increíble, a partir de aquel día nuestra relación personal mejoró ostentosamente, igual que mejoró su relación con el resto de compañeros y maestros; el día que nos despedimos, me abrazó afectuosamente y me musitó que cada noche leía aquella carta antes de dormir y le ayudaba a reflexionar.

Posteriormente, utilicé el mismo recurso para otros alumnos, y debo reconocer humildemente, que con una buena revisión de los objetivos marcados, su situación mejoró tanto en un plano cognitivo, como emocional. Hay que dejar claro que en las cartas no se valoraba exclusivamente la conducta a un nivel emocional elevado, sino que también clarificaba mis expectativas (elevadas) hacia ellos, y les proponía un plan de acción con objetivos evaluables, reales y con una gradación considerable. En algunos casos el resultado fue más positivo que en otros, pero en todos, la relación con ellos resultó ser excelente y respetuosa, sobretodo a partir de la carta. Mi objetivo siempre fue hacerles conscientes de su situación real de crisis, provocarles desequilibrio orgánico y ayudarlos en todo momento mediante estrategias y objetivos compartidos. Siendo en todo momento coherente y continuo con las normas y reglas marcadas por la institución y por nosotros mismos.

Soy consciente de que no es sencillo dedicar tiempo a este tipo de actividades, y mucho menos en época de evaluación y exámenes. Pero por otro lado, vale la pena que nuestros alumnos perciban que dedicamos tiempo de nuestra vida a escribirles con un formato especial, en el que se colorean las emociones que les queremos transmitir con respeto y afecto. Cuando logremos evaluar no únicamente un contenido asimilado, sino también una emoción que será la base de las creencias y los sentimientos (conscientes) de nuestros dicentes, estaremos formando personas con las habilidades sociales necesarias para que formen parte de una sociedad que evolucione como un todo, ya que sin emoción no hay conocimiento puro ni maduración personal.

1 comentarios:

Anna Boix dijo...

Llegint aquest text, m'ha fet pensar en un alumne que vaig tenir ja fa uns anys amb problemes de conducta molt greus. Era un alumne etiquetat. El dolent,l'impossible, el que amargava a tothom, el que sempre anava fora de classe, el més agressiu...Estava una mica espantada quan vaig saber que el tindria al llarg d'un curs de llengua castellana a 2n d'ESO.Però ell i jo vam congeniar. Com ho vaig aconseguir? Doncs escoltant-lo, i valorar-li qualsevol aspecte positiu, per petit que fos, i marcar-lo d'aprop i no deixar-li passar res mal fet. Ell va aprendre a valorar-me, i a confiar en mi. sabia que jo el respectava com a persona i que no només el criminalitzava. A final de curs en una enquesta perquè valoressin la meva tasca, em va marcar molt una frase seva. Em va dir: Amb tu he pogut parlar i m'has escoltat.
Amb això ja em vaig donar per satisfeta. He sabut anys després que ha estat en algun centre de menors, i que té problemes molt greus. Malgrat això, jo d'ell en tinc un bon record.