viernes, diciembre 01, 2006

IMAGEN MENTAL

LA IMAGEN QUE PROYECTAMOS


Un hombre resulta tan afectado agradable o dolorosamente por la imagen de una cosa pasada o futura, como por la imagen de una cosa presente” Spinoza

El/la educador/a resulta ser, por el sólo hecho de actuar en un escenario formalmente educativo, un sujeto inmerso en una cadena de acontecimientos que penetra en la mente de nuestros dicentes a través de un invisible hilo de emociones y sensaciones. Solemos ser o tener la posibilidad de presentar ante los sentidos de nuestros alumnos, infinitos estímulos que son percibidos y cartografiados por sus mentes para adaptarse a la nueva situación temporal; estas imágenes mentales les permite, al mismo tiempo, sostener su pensamiento y dirigir su actuación. La interacción llega a cualquier extremo que podamos imaginar; en los recovecos de nuestra mente siempre guardamos cuidadosamente experiencias pasadas que recordamos y las revivimos cual el otrora. Las emociones grabadas en la memoria son las culpables de mantener los recuerdos tan vivos; los sentimientos los reconstruyen de manera consciente, y la cognición se encarga de que asociemos esas emociones a experiencias que ya a forman parte de nuestro pasado. Un juego increíble entre dos malabaristas que se sustentan, para sobrevivir, sobre la misma cuerda. La emoción tiene quizás la empresa más complicada, ya que debe reconocer los estímulos emocionalmente competentes y crear, ayudado por otras estructuras cerebrales –las que actuando coordinadamente facilitan la atención, asociación o inferencias-. Creamos o reconstruimos una imagen mental sobre una determinada situación presente que nos inunda y al mismo tiempo nos modifica tanto el cuerpo como la mente.

El hecho de que la imagen mental esté impregnada por la fragancia que desatan las emociones no es un hecho aislado o casual, es simplemente el resultado de la función que ejercen los sentidos: percibir y almacenar la información que recibimos del entorno; son los sistemas de entrada, y tienen una tarea específica y clave para nuestra supervivencia: computar representaciones de las configuraciones estimulares a partir de la información que poseemos. Estas representaciones deben ser modificadas, partiendo de los conocimientos previos y de los resultados simultáneos de los análisis de entrada correspondientes a otros dominios cognitivos. Es lo que Fodor denomina “proceso de fijación de creencias perceptivas”; son mecanismos mentales encargados de examinar simultáneamente las representaciones que suministran los distintos sistemas de entrada (sentidos) y la información en ese momento almacenada en la memoria y, partiendo de la información que estas fuentes le propician, elaboran la hipótesis más probable acerca del estado de cosas (objetos, personajes) que aparecen en la realidad que nos envuelve. A partir de estas inferencias, de la información encapsulada y de la experiencia pasada, respondemos a los estímulos que se nos presentan con el objetivo de que tanto nuesto cuerpo como nuestra mente se readapte a las nuevas situaciones siempre cambiantes.

La conclusión a la que plausiblemente llegamos, y que tiene que ver con nuestra tarea educativa diaria, es que estamos inmersos en una realidad que compartimos con nuestros dicentes a un nivel no únicamente mental o físico, sino también en un plano emocional que es el que permite que nos construyamos nuestra mente, nuestra realidad única configurada por “presentes” imprevisibles en los que tenemos la obligación orgánica de intentar adaptarnos de la mejor manera “posible”, mediante los instrumentos y la información que tenemos a nuestro alcance. Esta reflexión nos empuja bruscamente hacia otra asociación obligada, ¿podemos llegar a hacer algo para modificar estas creencias? La empresa no es sencilla, pero lo que más debemos cuidar es ser conscientes de todo el proceso; tener presente que la percepción emocional y cognitiva nos fabrica una realidad única (por ser cada experiencia vital única) y plena de lucha eterna, entre el equilibrio que debe hallar nuestro organismo y el desequilibrio juguetón que motiva nuestro entorno. No es un camino unidireccional, ya que tenemos, asimismo, la posibilidad material de ser nosotros los que provoquemos modificaciones en nuestro entorno. Pero siempre partiendo de la ventaja o desventaja que nos otorga la experiencia vivida; o lo que es lo mismo, las creencias que ya tenemos. Creencias que están compuestas por emociones (transmitidas o recibidas de manera consciente o inconsciente) o sentimientos (conscientes), que ya nos sirvieron entonces para formarnos mapas mentales "válidos" para guiar nuestra elección vital futura.


Pues bien, el/la educador/a debe cuidar la imagen mental que proyecta, siempre asesorada por y compuesta de, emociones y sentimientos conscientes que han pasado a formar parte de una realidad vital única. Aunque nos pueda pillar desprevenidos, en primaria, la imagen que tienen sobre nosotros mismos nuestros alumnos es bastante consciente, aunque no exime el poder ser modificable. Nuestra ventaja como docentes reflexivos (por el hecho de haber deconstruido experiencias vitales pasadas y formularnos hipótesis “válidas” para una situación futura semejante) es el poder “controlar” el presente e intentar hacer lo posible por mejorarlo. Cuando me refiero a controlar, en este caso específico, me gustaría que se entendiese como la posibilidad de organizar todos los estímulos emocionalmente competentes a los que nuestros dicentes deberían prestar atención. La mente es vaga, y sobretodo cuando somos jóvenes; nos acostumbramos, por comodidad, a construirnos unos patrones fijos de respuesta- acción sobre el entorno, y muchas veces, escogemos insensibilizarnos conscientemente para evitar el “dolor” que puede provocarme un estímulo determinado. Si la imagen que tiene de nosotros es perjudicial para la relación educador- educado, nuestras energías vitales las debemos dirigir a construir un plan de acción para lograr un equilibrio en la interacción. Si la imagen “fija” que tienen de nosotros es negativa, y por lo tanto es una creencia que condiciona la actuación de nuestros alumnos, estamos obstruyendo y mutilando la base del proceso educativo, y desproveyendo al aprendizaje del placer que debería despertar en el dicente. Placer, entendido como un cúmulo de emociones positivas que jamás sacian nuestras ganas de conocer y descubrir el mundo que nos rodea. De cualquier forma, lo que realmente nos interesa es que estas modificaciones las provoquemos, previamente, partiendo del plano emocional, e intentar que no nos vean como alguien que les produce indiferencia o emociones negativas.


¿Qué puede suceder si en este paso previo de entrada sensorial- emotiva de información, ésta es percibida y tratada como dolorosa? La respuesta es tajante, perjudicamos la posterior lectura cognitiva; si los sentimientos que despertamos en el otro son negativos, obstruimos y “entaponamos” el proceso cognitivo de ejecución de la información que tenemos encapsulada en los sistemas de entrada. Realmente, pienso que en muchos casos, ésta es la parte inconsciente: el presente inmediato. Una de las claves es la atención, si traspasamos esta barrera y todo lo que provocamos es un reequilibrio emocional en el que nuestro organismo (mente y cuerpo) únicamente deba centrarse en el objeto de conocimiento, nuestro triunfo será absoluto. Éste ha de ser nuestro objetivo prioritario. El resultado será una situación en la que nuestro alumno no temerá afrontarse de una manera optimista a cualquier estímulo educativo que les ofrezcamos. No debemos obviar que también influyen las experiencias únicas e intransferibles que nuestros alumnos ya han vivido tanto en el plano físico como emocional-sensorial o cognitivo; el resultado de éstas son escenas memorizadas e hiladas por imágenes con sonidos, colores y formas que juegan un papel importantísimo en nuestro presente inmediato. Esto nos conduce a reflexionar sobre cuál es la verdadera importancia de hacer conscientes en nuestros alumnos no sólo los conocimientos previos, sino también la manera en que vivieron tales situaciones pasadas. ¿Quién no ha aborrecido una determinada materia curricular por haber topado con un docente que nos producía indiferencia o negatividad? El resultado suele ser asociar de manera inconsciente las emociones dolorosas producidas por el maestro con la asignatura en cuestión, y aborrecerla por completo. Puede ser que no dependa exclusivamente de la imagen mental que tengamos del maestro, sino también de los fracasos dolorosos que nos mermaron nuestra seguridad y autoestima. Por lo tanto, aquí propongo no únicamente comprobar los conocimientos previos relacionados con las categorías o conceptos previos del dicente, sino ir más allá, e intentar descubrir las imágenes mentales sobre las que se sustentan las creencias sobre un contenido curricular determinado; hacer consciente estas imágenes repletas de emociones, y dirigir nuestros esfuerzos a optimizar el proceso de aprendizaje.


En mi experiencia con adolescentes tutorados por Justicia Juvenil, el esfuerzo que más energías me ha consumido ha sido precisamente, luchar por modificar la imagen que tenían de ellos mismos y del sistema educativo. Les había producido un dolor tan brutal en sus almas, que pensaban conscientemente que estaban completamente discapacitados para aprender cualquier cosa. Siempre me he preguntado por qué hemos llegado a una situación tan extrema y punzante, pero la respuesta está cada vez más a nuestro alcance; el hecho de descuidar todo el plano emocional y sentimental y, el habernos enfuscado en formar mentes “puras” y despojadas de toda una realidad emotiva, nos ha llevado a deshumanizar la educación. Si somos conscientes de que emoción y cognición forman parte de un mismo proceso compartido y multifuncional, llegamos a la conclusión de que despojar a la interacción pedagógica de reflexión es tan perjudicial para nuestros objetivos como para la persona que tenemos enfrente. Cuando superemos estas barreras, llegaremos a formar individuos equilibrados socialmente; cuando éstos se sientan capacitados para tomar decisiones que no únicamente les beneficie a ellos mismos, sino también a su entorno, el respeto y el amor hacia la vida compartida acortarán el sendero hacia la felicidad, ya que nos otorgará seguridad y libertad.

En resumen, debemos cuidar la imagen que reflejamos de nosotros mismos a los demás; la información entra prioritariamente por la vista y el oído, por lo tanto cuidaremos el tono de voz, los gestos, las expresiones faciales… Esta información la reciben mediante los sistemas de entrada (órganos sensoriales); la utilizarán como base para construir sus creencias “percibidas” a partir de inferencias no demostrativas; posteriormente, se solidificarán y estará al alcance de las funciones cognitivas encargadas de tratar y ejecutar esta información encapsulada, y así, reorganizarse orgánicamente para responder a las exigencias del medio.
Un complejo camino que debe ser analizado y diagnosticado por cualquier educador/a que pretenda formar personas con las habilidades y competencias necesarias para que la vida no les afecte tan dolorosamente que les empuje a arrojar la toalla del futuro.