lunes, noviembre 26, 2007

La vida que escapa

La vida se nos escapa de las manos. Creemos tener atada a la experiencia,
Y descubrimos que la ignorancia se avienta en cada nuevo fracaso, en cada nuevo logro. Quiero desvelar nuevos temores mientras me descubro a mí mismo ante los demás, ante aquellos que susurran con la mirada, ante aquellos que no esperan nada de sí mismos. Comprendo la intención, adoro el quehacer que quieto espera que lo contemple para dar el salto hacia su existir. ¿Por qué no puedo ser yo quien ofrezca cobijo al temeroso? ¿Por qué temo dejar de entender el miedo de los demás? Una emoción se escurre de entre los latidos de un pensar que juega con un lenguaje que encanilla el sentir que por fin, me desvela. Pienso en ello para así, existir en ello.

La rendición es el mayor de los engaños de la intención.

La experiencia es el mejor de los aprendizajes de la profundidad de nuestra alma. En ella se resguardarán las más bellas melodías de la existencia. Pero también es ella el patíbulo en el que se condenan los recuerdos que pretendemos subyugar con un tiempo que sólo significa olvido. Mas el olvido nos lleva a repetir el error, reconstruyendo el mismo camino, el mismo calamitoso trayecto. Sólo perdonando al recuerdo me purifico ante mi propio equívoco, será en ese preciso instante, ahogado en el presente de la presencia, a partir de donde seré recuerdo para devenir solución a mi propio temor, comprendiendo por fin, que el alma humana sueña con amedrentar a la soledad perniciosa del olvido, el cual, jamás será olvidado sin el consentimiento que otorga la superación del error.

La soledad de quien está en silencio no engaña a nadie más que a sí misma.

La huella de la emoción colorea el alma de la existencia animal. Los viajes de la sensación no son más que las pisadas de nuestra efímera historia. La ciencia que explica el hombre no entiende al hombre. Mientras, esperamos esperar algo mejor, cual si nosotros tuviésemos las respuestas del alma, o el remedio a la soledad animal del hombre.

1 comentario:

Flakushis dijo...

Y cómo nos aferramos a no dejarla ir...