lunes, diciembre 17, 2007

PROYECTO

“… incluso después de tener experiencias de las operaciones de causa y efecto, nuestras conclusiones hechas a partir de estas experiencias no se basan en el razonamiento ni en ningún otro proceso del entendimiento”. David Hume

Tendemos a otorgar causas a efectos de los que formamos parte, y de los que no sabemos desligarnos ni apreciar nuestra aportación. Cuando no simplificamos las causas, las fragmentamos en pedazos en los que desunimos los efectos que se conectaron, desvirtuándolos de una realidad mucho más amplia en la que nuestra posición de educadores, se auto-amputa y delimita en el mismo proceso de determinación. Curiosamente, repetimos el error- aún siendo conciente y partícipe de él- después de sentir, pensar y actuar en la experiencia. Claro está, que la educación va más allá de aprender un contenido, significa y exige comprenderse a uno mismo, pensarse y sentirse para el otro, del cual aprendo a aprenderme. Pero de todas maneras, es una experiencia para saber vivir en sociedad, y el docente es en este caso, y junto a los familiares responsables de la persona en crecimiento, quien se la descubre para que sea apropiada y así, comprenderse. No podemos permitirnos el lujo de descontextualizar y despersonalizar nuestras prácticas educativas ni a los educandos, y mucho menos, dejar de percibir el error y amedrentar a la ilusión. Creemos que el desorden se debe a la persona en desarrollo, que no sabe aprender, ni aprecia el saber; culpamos al sistema, la cultura, las pautas familiares… y así, nos desculpabilizamos a nosotros mismos; mas no hay mayor ilusión que sobrevivir con determinaciones precipitadas sin preguntar a la experiencia. Es sorprendente comprobar cómo juzgamos sin criterio ni razonamiento al que no puede, al que no quiere o al que no sabe, derivando todos nuestros esfuerzos a una futilidad pasmosa, delirante y ante todo, sectaria. Sectaria porque diseccionamos a las personas, las categorizamos sin piedad, les infundamos expectativas de fracaso para prepararnos a su llegada, o a lo que es lo mismo, al inminente desenlace que representamos. Aceleramos los procesos, insinuamos el destino incierto, y desdibujamos el mundo que pretendemos mostrar. Únicamente nos salvará la verdadera lucha cotidiana, responsable, crítica y unitaria, pues no basta con saber analizar la situación, las causas, o los efectos que nosotros mismos mantenemos; es necesario percibir y luchar por el progreso, el desarrollo, el aprendizaje, la comunicación y el conocimiento de las personas que intervienen en el problema, sin excluir a las responsabilidades y obligaciones propias y comunas, y sin incluir aquellas simplificaciones que finalmente utilizamos para esconder los defectos.

Es sin duda en el proyecto (auto)crítico común donde hallaremos los cimientos para aprender todos de la experiencia. Una educación sin proyecto es una educación que vive muerta. Una educación sin ciencia, ni método, ni teoría, ni técnica, ni currículum creativo, flexible y que cohesione los contenidos a aprender, es una educación sin crítica ni capacidad de auto-re-organización. Evitar la ilusión y corregir el error adquiere una dimensión que va más allá del propio análisis, conquistando un nuevo sentido y significado que cada vez más, se acerca a la vida, al saber y al desarrollo del ser. No bastará con el análisis superficial, inculpador y material que solemos hacer según el nivel de autoengaño; será necesario buscar conjuntamente –profesionales de la enseñanza con proyecto común- “nuevas” prácticas educativas que sepan educar a la diversidad por un lado, y a la unicidad por el otro; incentivando paulatinamente, el préstamo y la toma de una conciencia individual y colectiva que sepa aprender y aprenderse, organizar y autoorganizarse, afrontar el desorden y ordenarse, respetar y respetarse, y en definitiva, aprender a aprenderse mental, afectiva y culturalmente.

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